En los últimos años hubo un crecimiento exponencial de plataformas de inteligencia artificial que se insertaron en la sociedad a una velocidad nunca antes vista en la historia de la humanidad. Herramientas como ChatGPT, Claude, Grok o Copilot, entre incontables otras, redefinieron la forma en que trabajamos, aprendemos y conocemos desde lo más simple hasta lo sumamente complejo.

Diego Slezak, Doctor en Ciencias de la Computación por la Universidad de Buenos Aires, viene señalando desde hace casi una década las ventajas estructurales que estas herramientas tienen en comparación a la mente humana. Su precisión, velocidad de cálculo y capacidad de memoria representan un salto cualitativo extraordinario. Lo que a una persona le llevaría toda una vida analizar, un sistema de inteligencia artificial puede resolverlo en minutos.

Slezak toma el ejemplo de la medicina. La escena es la de siempre: salas de espera interminables, médicos que atienden decenas de pacientes por día y que deben reconstruir historias clínicas complejas en poco tiempo. En ese contexto, el error humano es casi una garantía. Y es ahí donde la inteligencia artificial interviene al tener la capacidad de analizar cientos de miles de historias de pacientes, identificar síntomas recurrentes y compararlos a una escala que ningún profesional podría replicar. Las pruebas comparativas entre neurólogos y sistemas automatizados son elocuentes, llegando a porcentajes de precisión similares, e incluso mejores por parte de la IA. Eso sí, Slezak afirma que la tecnología no llegará a reemplazar el vínculo humano, sino que el rol del médico, lejos de desaparecer, se transformará para centrarse en la relación con el paciente.

Desde una perspectiva algo más radical, Sam Altman, CEO y cofundador de OpenAI, plantea que la humanidad se encuentra en medio de una revolución digital sin precedentes, y que existen dos actitudes posibles. La primera es el temor. Asumir que la inteligencia artificial destruirá empleos y dejará a millones de personas fuera del mercado laboral. La segunda es reconocer que se tiene a disposición una herramienta nueva con un potencial inigualable.

Al igual que Slezak, Altman también destaca el impacto transformador de la IA en la salud al afirmar que numerosas personas se han contactado con ellos para contarles que ChatGPT identificó condiciones médicas que ningún profesional había logrado diagnosticar. Pero para él la tecnología va más allá al ser capaz de ocupar dos roles tan distintos como fundamentales. Por un lado, el de un consejero general accesible en todo momento, capaz de orientar desde cuestiones médicas hasta la crianza de los hijos, y por el otro, el de poder resolver las grandes preguntas de la humanidad.

Altman también subraya el potencial de la IA como fuerza democratizadora de la creatividad. Lejos de reemplazar a los artistas, sostiene que estas herramientas permiten que más personas puedan crear, escribir y producir contenido de calidad. En ese sentido, la IA funciona como una fuerza igualadora. El único riesgo que Altman reconoce abiertamente es el del uso indebido de la tecnología. Por eso insiste en la responsabilidad de quienes la desarrollan: presentar los productos con cuidado, dar a las personas el tiempo necesario para adaptarse y acompañar el proceso de integración social.

Para cerrar, Altman estimó que en un año la inteligencia artificial comenzará realizar pequeños descubrimientos científicos y que, en cinco años, podría curar enfermedades por completo.